Aragón en tus manos: El viaje del anarquista y Villarluengo

El viaje del anarquista

Os proponemos en esta revista una nueva serie de artículos a través de la que podamos viajar por Aragón de una forma diferente. Para ello aunaremos territorio y cultura de la siguiente manera (y os explicamos brevemente la manera en la que vamos a actuar). Vamos a hacer un viaje a través de libros, artículos, películas, fotografías u otras obras de arte que nos transporten a una localidad o territorio de nuestra tierra. De esta forma queremos por un lado dar a conocer algún título que creamos que pueda ser interesante para quien ose leer esto, y además que sean obras que tengan relación con el entorno donde vivimos. Por otro lado, esperamos que tanto estos artículos como las lecturas y otros materiales que os propongamos sirvan para animaros a descubrir algo más de nuestro querido Aragón.

Así pues, queremos comenzar nuestro viaje con un libro (¿existe alguna manera más romántica de viajar que a través de un libro?). El título que os proponemos es El viaje del anarquista, escrito por Elifio Feliz de Vargas y publicado por la editorial Rasmia en 2018 (una editorial que nos va a dar muchas alegrías para ir completando esta sección).  

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Portada de El viaje del anarquista.

Vamos a ser canónicos (a pesar de que vamos de chicos malos en esta revista) y vamos a empezar hablando del autor. Elifio Feliz de Vargas es un nombre que tal vez no conocías pero que ahora, gracias a su inusual sonoridad, os va a ser fácil de recordar. Elifio es natural de Teruel y su profesión habitual no es la de escritor, sino la de veterinario. Pero que no se gane la vida con la escritura no demuestra una falta de sensibilidad literaria. Podría añadir que su «buen hacer literario ha sido reconocido con numerosos premios» (y no mentiría) pero no somos una revista tan casposa, así que diré que si queréis saber por qué escribe bien, es mejor leer sus libros que mirar a su palmarés. 

Tras esta presentación, que igual deja más dudas que respuestas, quiero hablaros el libro que he seleccionado para este artículo: El viaje del anarquista. Recuerdo que lo compré durante la Feria del Libro y como lleva la palabra «viaje» en el título, decidí que sería un buen libro para leer en uno de esos interminables Alsa Zaragoza-Madrid, aunque esto no es nada relevante. 

En una sinopsis formal de la trama diríamos que esta novela narra la historia de Francesc Casals, un joven anarquista barcelonés que en 1909 se ve obligado a huir de la Ciudad Condal y decide esconderse en Villarluengo, un pueblo del Maestrazgo. En esta localidad turolense, Francesc, librepensador, racionalista y moderno, se enfrenta a la sociedad rural, analfabeta y violenta de nuestro país a comienzos del siglo XX. Pero más allá de esta premisa, diremos que este libro es un ejercicio narrativo muy interesante, que comienza con el brutal asesinato del joven protagonista (no es spoiler, así que no os volváis locos) y que sigue con pasajes que saltan de un punto a otro del tiempo y el espacio, narrados desde distintos personajes y de formas distintas, desde capítulos a modo de epístola hasta otros más novelados. En conjunto, lees, reconstruyes y te obliga a volcarte más en la trama, esperando a que cada página resuelva la pregunta que se ha planteado en la página anterior. 

Este libro nos obliga a hablar de un pequeño pueblo situado en el corazón Maestrazgo llamado Villarluengo, en este caso está claro el porqué, la acción transcurre en este municipio. Pero a pesar de que la trama se desarrolla aquí, no hay largas descripciones que se recreen en la belleza de esta localidad y su entorno. Apenas leemos unas líneas que nos hablan de una iglesia de un tamaño desmesurado para los habitantes del pueblo, con dos grandes torres en su portada; de una pequeña actividad fabril en torno a la industria textil; y de numerosos montes y caminos de tierra que nos llevan a algún masico (nombre que se le da en esta zona a las casas en el campo). Sobre todo, la novela nos hace sinónimos «tranquilidad» con Villarluego:

Todos aquellos con los que he tenido la oportunidad de hablar me han asegurado que en Villarluego reina la paz y se vive de forma sosegada, sin las estridencias de las grandes ciudades, por lo que los recién llegados no tardan en adaptarse a su forma de vida».

Pero a pesar de que no encontramos descripciones minuciosas (o precisamente por eso), mientras leía el libro no podía parar de imaginarme cómo sería este pueblo y la zona, ya que entre las páginas de la novela hay una atmósfera que casi te hace poder respirar el aire de esos montes. Recordaba haber estado de pequeño, en uno de esos viajes que hacía con mis padres en verano visitando con un coche sin aire acondicionado diversos pueblos aragoneses, pero no tenía una imagen nítida en mi memoria. Sí… recordaba los Órganos de Montoro, unas impresionantes y bellísimas formaciones rocosas cerca de este pueblo, y recordaba los montes de arbustos bajos salpicados por pinos, pero no Villarluengo.

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Fotografía de los Órganos de Montoro.

Tratando de solventar esta laguna en mi memoria, y animado tras leer El viaje del anarquista a encontrarme con las calles y plazas que recorre Francesc Casals en la novela, no tardé en hacer un viaje al encuentro con uno de los pueblos más bonitos que haya visitado. Lo hice a final de agosto, queriendo también dejar de lado la ciudad y pasar un día en el Maestrazgo, una tierra de la que estoy seguro volveré a hablar más adelante en esta serie de artículos. Al entrar en el pueblo se respiraba el mismo aire que respiraba en mi pueblo en verano, ese aire que hace que veas a los niños corriendo por las callejuelas y a los abuelos en corrillos en alguna sombra. 

Y ahí estaba, el gran templo descrito por Elifio, que descubrí que era la decimonónica iglesia de la Asunción de Nuestra Señora. Pero había más cosas. Algunas de ellas eran exactamente igual a cómo me las había imaginado leyendo, como las estrechas calles y las casas con solera que configuran Villarluengo, aunque en persona son más impresionantes e incluso te hacen creer que estás en otra época. También los montes de alrededor era como me imaginaba y como recordaba, bañados por el río Guadalope y salpicados de arbustos y pinos. Pero otras cosas sorprenden, en especial ver cómo el pueblo parece colgado de la roca, asomándose al barranco, tal vez incluso con cierta chulería y sin miedo, especialmente las de aquellas casas que se asoman abriendo ventanas no aptas para personas con vértigo.  

En efecto se podía sentir que era una zona tranquila, como me había avisado El viaje del anarquista, pero además en Villarluengo se puede sentir la historia, que más tarde he sabido que está protagonizada por templarios y caballeros hospitalarios, y también la naturaleza de un paraje maravilloso en el que no es difícil encontrarnos con ejemplares del imponente íbice ibérico (o cabra montés) cuya imponente figura recorre los alrededores del pueblo. 

Imagen superior: Vista de Villarluengo.

 

Alejandro M. Sanz

Redactor de la Revista Kalós