Por qué el arte no ha de tener barreras o una visión sobre la falta de libertad de expresión actual

Por qué el arte no ha de tener barreras o una visión sobre la falta de libertad de expresión actual

Nos hacemos llamar una sociedad “libre y abierta”. Decimos ser un estado con un marco constitucional donde recogemos una serie de derechos iguales para todos y todas. Pero estos ideales y promesas de sociedad democrática son fácilmente cuestionables solo por la temática elegida para este artículo. Si a día de hoy tenemos que seguir reivindicando, exigiendo y cuestionando la libertad de expresión en este país, igual es que estamos más cerca de las distopías de Orwell (1984), Huxley (Un mundo feliz) y Bradbury (Fahrenheit 451) que de un estado libre y de derecho.

Y es que hay razones más que justificadas para seguir denunciando la falta de libertad de expresión en España. Recordemos cómo hace menos de tres meses, el 21 de febrero de este mismo año, se atentaba institucionalmente contra el artículo 20 de la Constitución Española.  En 24 horas, cualquier supuesta idea de libertad de expresión en este país se desmoronaba con las sentencias judiciales contra el rapero Valtonyc y el libro Fariña de Nacho Carretero, a lo que se sumaba la propia autocensura de Ifema en Arco pidiendo a la galerista Helga de Alvear retirar la obra Presos Políticos en la España Contemporánea de Santiago Sierra.

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Portada de Fariña de Nacho Carretero

El 21 de febrero fue una manifestación escandalosa de lo que lleva un tiempo ya en marcha en España. Solo por recordar algunos nombres podemos hacer mención a Alfredo Ramírez (primera persona encarcelada por sus comentarios en Twitter), Cassandra Vera, Cesar Strawberry, Pablo Hasel, Boro LH,… Varias personas que han pasado o van a pasar a vérselas con la Audiencia Nacional, un organismo judicial heredero del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo y del Tribunal de Orden Público (ambas instituciones originadas durante la dictadura franquista).

Pero la actual crisis de libertad de expresión y de pensamiento lleva fraguándose unos años. Por ejemplo, marcamos 2015 como otro punto negro en esta cuestión, aunque podríamos retrotraernos más atrás en el tiempo si quisiéramos. Parece coreografiado que el mismo año que se aprueba la nueva Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana (popularmente Ley mordaza), sea también el año en el que plantea marginar la asignatura de Filosofía en la reforma educativa. Los objetivos son claros: atacar a los movimientos sociales, a los medios de comunicación independientes y al pensamiento crítico. El resultado que se está obteniendo, una ciudadanía más pasiva y alienada, que obedezca y no pregunte.

Sin duda parece que volvemos a una especie de caza de brujas, en la que “quien no está conmigo está contra mí”. Son las personas quienes mantienen una actitud crítica contra determinadas actuaciones del gobierno o injusticias sociales quienes son represaliadas. El objetivo es el del castigo público en la plaza del pueblo y el resultado está siendo la imposición de la autocensura. La gente ya no quiere hablar por miedo a ser castigada y los medios de opinión (que no de comunicación) acaban suplantando las ideas propias de la gente y eliminando cualquier capacidad de emitir juicios personales sobre determinados temas.

Además, en este proceso algunos sectores de la población están adquiriendo una especial sensibilidad a la hora de tratar determinados asuntos.  Pongamos un ejemplo muy claro: la religión. En la Italia del Barroco, las autoridades romanas perseguían a Caravaggio por usar a prostitutas como modelos para sus pinturas religiosas de vírgenes. Hoy en día, se pide el linchamiento de un joven que hace un montaje fotográfico en Instagram con su cara como si fuera Cristo o a un drag queen que representa en el carnaval de Las Palmas caracterizaciones cristianas (sólo por resaltar dos de las polémicas de denuncias “contra los sentimientos religiosos”).

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Fotomontaje que subió usuario de Instagram y por la que fue multado.

¿Me queréis decir que aún mantenemos la misma sensibilidad hacia lo religioso (o mejor dicho hacia el dogma católico) que hace cuatrocientos años?  Por suerte, o mejor dicho, por sentido común, muchas de estas causas se acaban archivando, pero lo realmente alarmante es que existan estas denuncias.

Y esta pequeña digresión nos sirve para encarrilarnos hacia el verdadero tema de este ensayo, los límites del arte y de la libertad de expresión.

En otros artículos he defendido que no existe solo “un arte bueno”, sino que el arte puede tener diversos objetivos. Pero bien es cierto, que hay algunos artistas que trascienden de los gustos personales para acabar siendo reconocidos a nivel colectivo como genios. Creo que una de las características que deben tener estos “genios” es su capacidad crítica.

Sólo unos pocos artistas son capaces de mirar en lo más profundo de su sociedad y producir o crear algo. Y es que hay que tener una sensibilidad especial y mucha inteligencia para detectar esos problemas y saber cómo plasmarlos en distintos soportes (hablamos de artista en un término genérico, incluyendo a todxs los creadores como escritores, cineastas, músicos, etc.).

La existencia de este tipo de creadores críticos es un síntoma de una sociedad sana y libre. Como Noam Chomsky (calificado por New York Times como el “«el más importante de los pensadores contemporáneos») nos hace ver en el documental Requiem for the American Dream, una de las características de los estados totalitarios es tildar de antipatriotas a quienes mantienen actitudes críticas contra el sistema.

Ejemplifiquemos esto. Si nuestro reverenciado Francisco de Goya murió en Burdeos no fue porque le gustara más el vino francés, sino porque sabía que el régimen absolutista de Fernando VII no apreciaría, como nosotrxs apreciamos hoy en día, la fuerte crítica a la España de su tiempo que es inherente a buena parte de su producción. Y de la misma forma, si multitud de artistas abandonaron nuestro país durante la dictadura fue por miedo a que una sociedad violentamente totalitaria no supiera entender la crítica al régimen.

Y es que la libertad de expresión y el arte son lo primero que desean controlar los estados totalitarios cuando se hacen con el poder. Hay casos brillantemente evidentes de esto, como el Ministerio de Propaganda Nazi, quienes de una manera tristemente inteligente supieron crear una estética muy efectiva y no se cortaron en tildar de “degenerados” a los artistas que no se adaptaran a las ordenanzas de Reich. O el auge del Realismo Socialista en la Unión Soviética durante el régimen de Stalin o en la República Popular de China, que se encargaba de poner una cara siempre amable a una sociedad represaliada y no admitían ninguna clase de discusión a los adoctrinamientos del régimen.

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Bajo el mandato del gran Stalin (1951) – Boris Feoktistovich Berezovsky.

Por lo tanto, un arte crítico, o mejor dicho, la ausencia de dicho arte, es un indicador enormemente eficaz para determinar la libertad de un gobierno. Si el artista chino de prestigio internacional Ai Weiwei es arrestado en su país, vemos una falta de libertad gigantesca por parte del gobierno chino. O si la artista turca Zehra Dogan es encarcelada por su gobierno durante tres años por una pintura donde plasmó la destrucción de una ciudad kurda por el ejército turco, tildamos al régimen de Erdogan como un régimen despótico y absolutista.

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Pintura sobre la destrucción de una ciudad kurda por parte de las fuerzas de Erdogan por la que Zehra Dogan ha sido encarcelada.

Por tanto, ¿cómo juzgaríamos a un país en el que cantantes son arrestados y encarcelados? ¿Si se pide cárcel a un artista por denunciar en sus obras la pederastia de la Iglesia? ¿Si se neutraliza la prensa independiente persiguiendo a los periodistas que denuncian agresiones y crímenes institucionales? ¿Si sus ciudadanos tienen miedo a expresarse por redes sociales por si en sus 280 caracteres se incluye alguna palabra o expresión por las que se les pueda pedir prisión? Pensemos en la contestación, porque la respuesta será el juicio que en un futuro, con cierta perspectiva histórica, se habrá formado de la actual sociedad española.

En conclusión, es fácil mirar a otro lado y etiquetar de totalitaria y represora una sociedad que no es la tuya, pero es difícil asumir que tu país se pueda llegar a transformar en esa clase de régimen. Que hoy en día Antonio Machado pudiera estar en prisión por escribir El mañana efímero o que se abriera un caso contra los sentimientos religiosos por Jesucristo García de Extremoduro, nos hace preguntarnos qué ha pasado para llegar a este punto. Que a día de hoy se siga persiguiendo a quienes manifiestan su opinión contraria al gobierno nos hace recordar periodos históricos negros de nuestra historia.

Una vez más, libertad de expresión sí, pero depende lo que digas.

 

Alejandro M. Sanz Guillén

Redactor de la Revista Kalós