Brujería en Aragón: ¿Las mujeres del demonio o las sanadoras incomprendidas?

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Introducción: La marca de la bruja en Aragón

Hoy en día, desde una sociedad mayoritariamente urbanita y extremadamente racionalista, volvemos la vista al pasado y vemos la brujería como un episodio anecdótico de nuestra historia, pintoresco podríamos decir.

La brujería se ha convertido pues en un elemento más de nuestra cultura, con un peso relativamente importante en el caso de Aragón. Además es especialmente interesante cómo esta temática se ha tratado tanto en la cultura popular como en la denominada “alta cultura” (término que aprovechamos para denunciar como snob y elitista).

Este fenómeno se ha perpetuado en las historias fantásticas de brujas o bruxas del folklore aragonés, que se han trasmitido durante generaciones de manera oral y escrita; en las festividades de muchas localidades como la Mojiganga de Graus; e incluso han determinado y definido algunas de las características más destacables de la arquitectura popular del Alto Gállego y la Jacetania como las espantabruxas (las piedras que se pueden observar en lo alto de las chimeneas de muchas casas de la montaña).

Pero además la brujería ha sido una temática que ha centrado la atención de muchos artistas de renombre. A comienzos del siglo XIX tenemos los ejemplos más rotundos en los grabados de Francisco de Goya, donde se hacen recurrentes las alusiones a las brujas y a las supersticiones y supercherías. Tras Goya decenas de artistas aragoneses también centraron (y siguen centrando hoy en día) parte de su producción artística en las historias de brujas como Marín Bagües o Manuel Lahoz. También literatos reconocidos, desde Gustavo Adolfo Béquer y sus brujas de Trasmoz sirven para ejemplificar cómo estas historias hechizaron a figuras de notoriedad de la cultura española.

Incluso la brujería ha dejado su huella en la toponimia de muchos lugares de nuestra Comunidad Autónoma. Si vamos a Villanúa, la visita la cueva de las Güixas es casi obligada; si recorremos la Guarguera podemos llegar hasta el dolmen de Ibirque o la caseta d’as bruxas; bajo el Puntón de las Brujas encontramos la ermita románica de Tella; o en Tamárite aún podemos encontrar parte de sus fortificaciones moras conocidas hoy en día como el Balconet de les bruixes (solo por citar algunos de los muchos lugares de Aragón donde se recuerdan estas historias y leyendas).

Pero es que la historia de la brujería ha cobrado tal importancia en Aragón que incluso se ha tratado de explotar turísticamente. Por ejemplo, en nuestra comunidad tenemos el Museo de la Brujería en Trasmoz, los festivales y mercadillos de brujas, como el de Sallent de Gállego, e incluso parques temáticos como el Parque Temático de las Brujas de Laspaulés.

Toda esta tradición, mezclada con otros elementos de las iconografías en torno a la brujería que han generado los medios de masas y la cultura pop (fundamentalmente estadounidense), el distanciamiento cronológico de los hechos y la asimilación de estas historias como patrañas, anécdotas o narraciones paranormales y mágicas, han acabado relegando a las brujas a productos de souvenirs, dibujos animados, novelas infantiles o inocentes disfraces de Halloween.

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Aquelarre por Van Bruxt.
La realidad de la brujería en Aragón

Pero, ¿cuál es en realidad el contexto en el que todo esto se fraguó? ¿Qué vivieron las gentes que sufrieron (en diversos sentidos) la brujería? ¿Cuándo y cómo nació la historia de la brujería en Aragón?

Pues bien, pese a que la figura del brujo, chamán o hechicero es algo prácticamente común en muchas culturas alrededor del mundo, durante los primeros siglos de la Europa cristiana, se discutió si las prácticas de hechicería eran meras supersticiones e ilusiones o cultos paganos heréticos que debían ser castigados.

Estas consideraciones comenzaron a cambiar a partir de los siglos XIII y XIV, a unas posturas más agresivas hacia estos ritos. Pero será entre los siglos XV y XVII cuando se sufrirá una auténtica fiebre y fanatismo en el mundo occidental hacia la hechicería, periodo en el que se estima que medio millón de personas perdieron su vida por ser relacionadas con la brujería, una cifra realmente escalofriante si lo pensamos bien.

Pero antes de comentar en profundidad la realidad aragonesa en relación a este tema, debemos romper algunos mitos que se han creado en torno a las cazas de brujas en Aragón:

En primer lugar, se ha generalizado que fue la Inquisición española la institución que más duramente persiguió a las brujas y hechiceros, añadiéndose esta faceta a la larga lista de atrocidades de su historia negra. En realidad, en Aragón, fue hasta 1535 cuando el tribunal inquisitorio sentenció a muerte a las brujas, siendo la justicia local de los concejos y otras autoridades la que más actuó, hasta mediados del siglo XVII, cobrándose más del 90% de las muertes de acusados.

Además, la quema en la hoguera como forma de ejecutar la sentencia a muerte se dio sólo hasta mediados del siglo XVI, remplazándose esta forma de acabar con las brujas por la horca, aunque también hubo otras personas que murieron disparadas por arcabuces o como consecuencia de otros castigos como los latigazos.

Retomando el discurso, se ha comprobado que Aragón, lamentablemente, siguió los pasos del resto del continente en estos catastróficos acontecimientos. La primera vez que se recoge una medida legal hacia la brujería la encontramos en la obra de Vidal de Canellas en 1247.

Otras condenas hacia adivinos y hechiceros se fueron promulgando en el derecho aragonés durante tiempo después hasta llegar a 1461, cuando se ha encontrado el proceso más antiguo contra un persona acusada de brujería, el de Guirandana de Lay, vecina de Villanúa.

En nuestra comunidad, gracias a profundos trabajos de investigadores como Ángel Gari Lacruz o Carlos Garcés Manau, se ha descubierto que la mayor “epidemia” de brujas se concentró en la provincia de Huesca, donde entre mediados del siglo XV hasta mediados del siglo XVII, murieron más de 120 mujeres acusadas de brujería.

Es necesario hacer hincapié en que el dato que acabamos de ofrecer no es solo un número, sino que hablamos de mujeres cuyas vidas fueron cruelmente arrebatadas. Algunas con historias tan crueles como la de María Sorrosal, vecina de Sallent de Gállego, quien en 1535 fue ejecutada estando embarazada, y que posteriormente se extrajo su feto a instancias de su marido para presentarlo ante el lugarteniente de justica.

Además, en estos años se vivieron otros episodios igual de desafortunados y tristes dentro de nuestra historia, como el de las 24 mujeres ahorcadas en Laspaulés (comarca de Ribagorza) en 1592, la mayor matanza de la brujería aragonesa.

Pero aunque parece ser que la provincia de Huesca es en la que más personas murieron acusadas de brujería, también en otros puntos de Aragón se abrieron procesos por estos motivos, si bien muchos de ellos no terminaban con la pena de muerte.

Por ejemplo, se sabe que el primer proceso de brujería de la Inquisición en Aragón fue en Calamocha, el del clérigo Diego Sánchez en 1496; seguido del proceso del notario Juan Garcés, acusado de adivino al año siguiente en Torres los Negros (también en la comarca del Jiloca).

O en la provincia de Zaragoza, se conoce el proceso de Águeda Samacio de 1645 en Ejea de los Caballeros; y sabemos también que en Luna (comarca de las Cinco Villas), se produjo un fuerte brote de brujería entre 1644 y 1645.

Por último, continuando con cierta intención desmitificadora respecto a este tema, comentaremos que no solo las mujeres eran acusadas de brujería, sino que también hubo muchos hombres conocidos como brujones, si bien es cierto que en contadas ocasiones su castigo acababa con la pena de muerte, como era más habitual en el colectivo femenino.

A este respecto podemos recordar la historia de Pedro de Arruebo, de quien se dice que endemonió hasta a 1600 personas en el valle de Tena; o podemos ofrecer el dato de que entre 1600 y 1650, de las 93 causas abiertas por brujería en el tribunal de Zaragoza, 67 fueron hombres.

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Dios los cría y ellos se juntan por Van Bruxt.

 

 

Conclusiones: El recuerdo de las inocentes

Aragón fue la región más castigada por casos de brujería en España tras Cataluña, lo que tal vez explique por qué es, en cierta manera, una de las temáticas que sigue ocupando gran parte de las manifestaciones culturales populares de nuestra comunidad.

A esto se suma que a lo largo del tiempo hayan surgido nuevos conflictos por estos asuntos. Es célebre en el siglo XIX, el caso de la tía Casca, quien según las cartas de Bécquer, fue asesinada en Trasmoz por los vecinos del pueblo quienes la acusaban de bruja. Pero incluso ya en pleno siglo XX han ocurrido otros casos (de menor gravedad) en relación con este tema.

Y aunque es necesario mantener el recuerdo y la memoria de todas estas personas que sufrieron tan cruelmente por la mezcla de la ignorancia y el fanatismo, también creo que la imagen que debemos tener de ellas no se debería distorsionar.

Actualmente la visión de la bruja corresponde a dos estereotipos básicamente. Por un lado nos encontramos las imágenes de las mujeres mayores, feas y malhumoradas, que preparan pócimas y encantos para dañar a la gente. Pero también, desde hace ya décadas, se ha usado las figuras de las brujas para la reivindicación de la figura femenina, elevando el rol de mujeres “endemoniadas” y “acólitas de Satanás” al de sabias curanderas y sanadoras, que fruto de la incomprensión, la intolerancia y el machismo de su época, fueron maltratadas y asesinadas.

Pero en realidad, estas mujeres no eran ni adoradoras del demonio, como se creía ver en la época, ni tampoco figuras adelantadas a su tiempo que supieran maravillas de medicina tradicional o de herbolaria.

Estas mujeres (y hombres en algún caso) eran en realidad las personas a las que se les echaba la culpa de las cosechas arruinadas o las muertes de recién nacidos (hablamos de una época en la que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada), por pertenecer, en la mayoría de los casos, al sector demográfico más vulnerable de aquellos tiempos.

Por tanto, reivindiquemos el papel de estas aragonesas, recordemos sus historias y mantengamos su memoria, pero para ello no es necesario ensalzar sus figuras, sino mantener vivo su recuerdo siendo fieles a los datos que la historia nos brinda.

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Salida de la misa de las 12 por Van Bruxt.

 

 

Imagen superior: Palos de fregona, rosarios y plegarias por Van Bruxt.

PARA SABER MÁS…

-GARI LACRUZ, Ángel, Brujería e Inquisición en Aragón, Delsan Libros,
Zaragoza, 2007.

-GARI LACRUZ, Ángel (coord.), Aragón mítico-legendario,
Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza, 2007.

-GARCÉS MANAU, Carlos, La mala semilla. Nuevos casos de brujas, Tropo editores, Zaragoza, 2013.

 

 

Alejandro M. Sanz

Redactor de la Revista Kalós