Dogman, opresión en la Magliana

Dogman

Cualquier cosa podía esperarse de la nueva película de Matteo Garrone. Después del tremendo éxito de Gomorra, que levantó su fama por todo el mundo al adaptar la archiconocida y polémica obra de Roberto Saviano (aún amenazado de muerte por la Camorra), el prolífico director italiano se inmiscuyó en dos proyectos muy diferentes, tan alejados entre sí por su naturaleza, como de la primera cinta por su resultado: Reality, una comedia folclórica desenfrenada y fallida; y El cuento de los cuentos, un pastiche de fantasía medieval sin mucho sentido y alargado hasta la eternidad. La incertidumbre, por tanto, se constituía como una de las más visibles sensaciones al acercarse a su nueva criatura que, de hecho, lleva el nombre de Dogman.

Y las noticias parecen en principio estupendas, pues el talento visual de este realizador romano de cincuenta años vuelve a deslumbrar desde los primeros planos, y recupera durante todo su metraje ese realismo despiadado y atroz que le ha convertido en uno de los máximos exponentes, junto a Paolo Sorrentino (Il Divo, La gran belleza), de una nueva -y muy versátil- corriente de éxito en el cine italiano. Dogman es la nueva y reluciente integrante de este grupo selecto de grandes películas salidas del país transalpino que, aunque no llega a colocarse en el olimpo, sí se convierte en una de las propuestas más sórdidas y estremecedoras del año.

En una de las escenas más importantes de Gomorra, los jefes de uno de los clanes, enfrentados a otro en una cruenta guerra, instan a Totó -un adolescente en el que todavía sobreviven resquicios de ingenuidad y benevolencia- a hacer el papel de cebo para poder asesinar a su vecina de toda la vida, encuadrada por pura arbitrariedad en el otro bando. La pregunta, que no tiene nada de eso sino de amenaza, se establece en los viejos términos del «¿Estás con nosotros o contra nosotros?». La clave aquí es, pues, la atrocidad de la falta absoluta de elección, la forzada servidumbre a un sistema sanguinario que alcanza a todas las facetas del día a día.

Esta vez, Garrone sustituye la inexcusable y monstruosa dictadura de la Camorra por la figura absoluta de un único castigador: un matón de pueblo que mantiene secuestrada, a base de intimidación y fuerza bruta, a la reducida población de un suburbio en los alrededores de Roma. Así, esta vez el relato se traslada de lo colectivo a lo particular y, en vez de la descripción de los mecanismos de una organización criminal en su sentido coral, nos encontramos con una película en la que lo importante está en los personajes, dos individuos enfrentados en su antagonismo.

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Póster de Dogman. 

En ellos, precisamente, es donde convergen los principales problemas de Dogman. La cinta está inspirada en la historia real de Pietro De Negri, más conocido como El Canaro (“cuidador de perros” en el dialecto romanesco), el dueño de un establecimiento canino cuyo expediente es bastante conocido en la cultura italiana. Su encarnación en esta ficción lleva el nombre de Marcello, y su dibujo es, en gran parte, responsable de cierta reducción en la dosis de credibilidad de la película. Bonachón y sencillo, pero también inocente y pánfilo hasta límites insospechados, se ve envuelto en una serie de escabrosas circunstancias a causa de Simone, un gorila sin cerebro, pero que a la vez es capaz de imponer su ley a través del miedo que produce su fuerza y el poco reparo que tiene en usarla.

La pregunta aquí es, ¿cómo es posible que estos personajes hayan llegado vivos hasta ese momento? Uno, cuya infantil inocencia no se corresponde con el medio en que la desenvuelve; otro, cuya maldad sin límites campa sin oposición como si el escenario fuera el patio del colegio, y no un lugar ya de por sí deprimido y peligroso. Dos representaciones tan extremas que enfrían la verosimilitud del conjunto.

Sin embargo, la verdadera fuerza del filme se encuentra en los conflictos humanos que surgen a raíz de las abruptas situaciones que propone. Y estos no son ni más ni menos que el resultado de uno de los problemas más antiguos de la humanidad: el aprovechamiento y el abuso del débil. Dogman nos habla del miedo y de cómo la existencia puede ser secuestrada con total impunidad, sin posibilidad de una escapatoria favorable. También nos cuestiona sobre cómo afrontar la crueldad del ser humano en unas condiciones sin mucho intervalo de elección. Y, a su vez, nos golpea con la exasperada búsqueda de una mínima noción de dignidad, de tratar de proteger y recuperar lo poco que uno puede llegar a tener.

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Dogman, el negocio de cuidado de perros de Marcello.

El gran vuelo de la película va agarrado incondicionalmente a lomos de su otro gran protagonista: el barrio de la Magliana. Como en los buenos westerns –Dogman también puede ser leída con esa óptica-  el paisaje es un personaje más de la historia. En él los individuos se desenvuelven condicionados irremediablemente a su inhóspito medio, atosigado por la miseria, también por el salvajismo. En este caso, la opresión que imprime el panorama de este barrio de las afueras de Roma es definitiva. Una cloaca sin esperanza ni escapatoria, un territorio abandonado y decrépito, en el que no existe el estado y la ley toma forma de entidad difusa y hecha a sí misma. Un hábitat donde la violencia es el principio y el fin de todas las cosas.

Matteo Garrone nos muestra este escenario en toda su brutalidad, con un naturalismo tan desalmado como elocuente, que (sin spoiler) desemboca en toda su grandeza con un fascinante plano final, lleno de vacío, soledad y desesperanza. Al fin y al cabo, Dogman lleva el sello de la historia de David y Goliat estampado, incluso, en su fantástico póster.

 

 

Imagen superior: El personaje de  Marcello, interpretado por el actor Marcello Fonte. 

 

 

Álvaro Muñoz Carmona

Redactor de la Revista Kalós