En un pueblo italiano…

pueblo italiano

Sería difícil plantear la Historia del Arte sin prestar atención a los viajes de los artistas. El siglo XIX fue la época en la que la burguesía comenzó a hacer turismo. En el caso italiano fue el momento en el que ciudades como Venecia o San Remo acogieron con los brazos abiertos las fortunas europeas, convirtiéndose en capitales del ocio, con una renovada infraestructura de balnearios, casinos y villas. Un fenómeno distinto al del turismo fueron los viajes de los artistas.

Desde la Antigüedad los creadores han viajado visitando lugares lejanos con el objetivo de completar su formación o de abrir nuevas perspectivas de mercado. Sin embargo, después de la Revolución Industrial y del crecimiento demográfico de las grandes ciudades, numerosos creadores visitaron lugares accesibles desde donde residían con un claro deseo de evasión. En el caso francés los impresionistas dejaban París en verano y gracias al ferrocarril llegaban en poco tiempo a las costas de Normandía. Algo similar sucedía en Italia.

Lo que os presento a través de este breve ensayo son varios escenarios que sirvieron de inspiración a artistas aragoneses que vivieron a finales del siglo XIX en Italia. Asentados en la capital italiana, se movieron por toda la península buscando la inspiración que necesitaban para sus creaciones artísticas, descubriendo otra cara de la Italia recién unificada, una faceta rural, alejada del cosmopolitismo de las grandes urbes como Milán, Venecia o Roma.

Conviene, en primer lugar, poner nombre a los artistas a los que vamos a hacer referencia. Exceptuando el caso de Francisco Pradilla (famoso por su cuadro de Juana la Loca en el Museo del Prado), el resto no son conocidos o quizás nos recuerden a los nombres de algunas calles de Zaragoza.

En el último tercio del XIX se asentó en Roma un grupo de artistas aragoneses los cuales trabajaron en círculos comunes. Constituyeron la llamada Escuela de Roma, tal y como los especialistas han denominado a este colectivo.

El primero en llegar y el pope del grupo, fue Francisco Pradilla. En 1874 había conseguido una pensión para continuar sus estudios en Italia. En 1881 Mariano Alonso Pérez se asentó en Roma, siguiéndole dos años después Agustín Salinas, pensionado por la Diputación de Zaragoza. Poco tiempo después su hermano también marchó la Ciudad Eterna para trabajar con él. En 1889 llegó pensionado Mariano Barbasán. El año en que llegó Pradilla, Mariano Fortuny fallecía en la capital italiana en el momento cumbre de su carrera pictórica. Fortuny era uno de los mayores exponentes de la pintura comercial, y a su muerte numerosos pintores españoles, entre ellos los aragoneses, quisieron seguir su estela para conseguir fortuna.

Todos los pintores de este grupo encontraron en Roma un clima favorable a la vida artística, con numerosos creadores españoles asentados allí, con los que establecieron fecundas relaciones de amistad. En Roma frecuentaban el Centro Internacional de Via Margutta, un complejo que contaba con salas de trabajo, de exposición y de descanso.

Via Margutta era la sede de la bohemia española en la ciudad. Allí Mariano Fortuny se formó en la Academia Guggi. En esta calle los artistas encontraron alquileres asequibles en inmuebles que les permitían tener vivienda y estudio cerca. Agustín Salinas vivió en el número 51 de Via Margutta, en uno de esos edificios de apartamentos, con una monumental entrada y un agradable patio interior. Pero lo mejor de todo es que dicho inmueble fue uno de los escenarios de Vacaciones en Roma. Era el apartamento en el que vivía Joe Bradley (Gregory Peck). Hoy en día sigue siendo una de las zonas más atractivas de la capital italiana.

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Via Margutta 51, Vacaciones en Roma

El calor estival, la competencia con el resto de artistas y las exigencias del mercado del arte motivaron a los miembros del grupo a viajar por Italia, encontrando motivos de inspiración para sus obras. Los pintores aragoneses de la Escuela de Roma solían realizar sus obras al natural, distinguiéndose de otros españoles como Martín Rico, Regoyos o Beruete.  Francisco Pradilla, el líder de esta colonia de aragoneses en la capital italiana, realizó extraordinarias obras en las que ilustraba los humedales de las Páludes Pontinas. Se trataba de una zona de marismas cercana a Roma, entre las primeras estribaciones de los Apeninos y el mar Tirreno. En 1787 ya habían sido visitadas por Goethe según relata en su Viaje italiano. Desde la Antigüedad era una zona especialmente azotada por los brotes de malaria, lo que llevó a que en diversas ocasiones intentaran desecar estos humedales, consiguiéndolo finalmente Mussolini en 1928.

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Mañana de verano en las Páludes Pontinas, 1916, Francisco Pradilla

Por su parte, Mariano Barbasán fue un gran viajero y recorrió buena parte del centro de Italia, desde Tívoli hasta su pueblo favorito, Anticoli Corrado, pasando por otros como Cervara di Roma, Subiaco o Saracinesco. Estas pequeñas localidades al pie de los Apeninos serán el motivo de muchas de sus pinturas costumbristas.

Anticoli, en la región del Lacio, ofrecía a tan solo 40 km de Roma el refugio perfecto para aquellos que se sentían interesados por la pintura de género y de costumbres. Muchos de los modelos que posaban para los pintores que vivían en Via Margutta y la zona de Piazza di Spagna, procedían de esta localidad. Por eso, algunos artistas a finales del XIX se trasladaron a este pequeño pueblo en busca de los orígenes de sus modelos. Se trata de un núcleo que actualmente no llega al millar de habitantes, cerca de Tivoli, cuyas casas aparecen encaramadas a la ladera de la montaña desafiando la ley de la gravedad. Barbasán representó sus plazas, su mercado y sus ciociare, mujeres ataviadas con el atuendo tradicional, compuesto normalmente por sandalias de tiras de cuero conocidas como cioce y por una saya ajustada por una faja. También se movería desde Anticoli para pintar las vastas llanuras que quedaban al pie de los Apeninos, haciendo una pintura de paisaje que recuerda a la de paisajistas españoles como Aureliano de Beruete.

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Tristeza invernal, 1917, Mariano Barbasán

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Calles de Anticoli Corrado, c. S. XX, Mariano Barbasán

 

En el caso de Agustín Salinas, se desconoce cuáles fueron los parajes italianos que pudo visitar durante su vida. Sin embargo debió moverse bastante por la península tal y como demuestran las reproducciones que de sus obras hace La Ilustración Artística, y que parecen conformar un conjunto de pinturas costumbristas de ambientación italiana. Venecia, o el pintoresco pueblo de Amalfi, en las cercanías de Nápoles, serán el objetivo de sus pinceles, prestando siempre una gran atención a la introducción de personajes ataviados con los trajes tradicionales de la región.

Nápoles sería uno de los escenarios favoritos de los pintores aragoneses en Italia. Pradilla en su primer año en la península viajó a Nápoles, posiblemente para ver a Mariano Fortuny que estaba pasando el verano en Portici. Prestó atención a la pintura de los napolitanos Domenico Morelli y Achille Vertunni. Los autores aragoneses que le siguieron encontraron una potente escena artística. Salinas pintó el duomo de Amalfi, un pueblecito costero de casas coloreadas, cuya catedral es una amalgama de estilos de lo más pintoresco. Mariano Alonso también viajó a la ciudad del Vesubio, tal y como se aprecia en sus representaciones de las floristas en el puerto de Nápoles, unas escenas idealizadas en las que la bahía y el célebre volcán aparecen como marco de la composición.

El norte de Italia no fue ajeno a los pinceles de los pintores aragoneses. La Italia septentrional estuvo siempre a la vanguardia, no solamente tecnológica sino también artística. Génova era la puerta de entrada para los pintores españoles que llegaban a Italia en tren, tras atravesar la Costa Azul francesa. También es posible que muchos de ellos peregrinasen a Milán, pues a finales del XIX en la capital lombarda tenían su residencia algunas de las fortunas más destacadas de Italia.

Entre las ricas familias que allí vivían se encontraba la del cineasta Luchino Visconti, descendiente de la más antigua aristocracia del antiguo Milanesado. Sus familiares fueron muy aficionados al coleccionismo pictórico, al igual que muchas otras familias que tenían sus residencias vacacionales en los lagos de Como y Garda.  

En el caso de Salinas también se sabe que pintó una vista del Lago de Como, lo que nos indica que posiblemente viajó por el norte de Italia pudiendo haber entrado en contacto con los scapigliati, un grupo de pintores italianos cuyos planteamientos fueron próximos a los del simbolismo. Esta imagen del lago de Como recuerda mucho en sus tonos neblinosos a la pintura de un artista de este grupo Daniele Ranzoni, quien también prestó atención a este paisaje.

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Lago de Como, Agustín Salinas, colección particular

Así pues, del mismo modo que las localizaciones constituyen un ingrediente fundamental en el cine, también lo son en la pintura figurativa. Hoy en día los nombres de estos artistas apenas suenan a unos pocos entendidos. Ojalá poco a poco vayamos recogiendo más información sobre estos lugares y sobre los viajes de los artistas, para conocer de forma más aproximada este aspecto de sus vidas.

 

 

Imagen de cabecera: Anticoli Corrado en los años 20.

 

 

Guillermo Juberías Gracia

Redactor de la Revista Kalós