Fotógrafas en la Guerra Civil: Kati Horna

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Kati Horna, nacida con el nombre de Katerine Deutsch (Szilasbalhás, Hungría, 1912- Ciudad de México, 2000), en el seno de una familia judía, es la siguiente de nuestras fotógrafas. Si ya hemos visto cómo de manera azarosa se cruzan los personajes de Elkan y Taro, el vínculo entre esta última y Horna es mucho más profundo. Y es que Horna era amiga de Ernö Friedmann y Emerico Weisz, quienes más tarde se harían llamar Robert Capa y Chiki.

Con las políticas antisemitas legisladas en Hungría a partir de 1920 con el gobierno de Horthy, Horna comenzó a desarrollar una conciencia social ante la injusticia que marcaría su carrera. El artista y filósofo Lajos Kassák, que solía trabajar en el Corona Café, fue primordial para su concepción artística como una herramienta para el bien social. Reflejaba sus ideales en revistas que él mismo fundaba, como Ma (Hoy), en la cual también escribiría Lázsló Moholy-Nagy, un importante fotógrafo y teórico que enseñaba en la Bauhaus. De él aprendió su premonición benjaminiana de que “los analfabetos del futuro serán aquellos que ignoren el uso de la cámara y de la pluma”. Tanto Kassák como Moholy-Nagy defendían el arte de Vanguardias y el uso social del arte. Las ideas del comunismo y el constructivismo tuvieron un gran peso en la formación artística de esta generación. Al mismo tiempo, instaban a los estudiantes a viajar a la capital francesa para nutrirse del rico ambiente artístico.

Con este historial no es de extrañar que Horna partiera a Berlín, donde la escuela Bauhaus había establecido su nueva sede. Comenzó a trabajar como asistente de laboratorio en la Agencia Dephot, que había sido fundada por el húngaro Simon Guttman en 1928 para distribuir fotografías entre los periódicos alemanes. Esta agencia, la primera de Berlín, sería un punto de encuentro para jóvenes fotógrafos, entre los que estarían Capa, cómo no, y Erich Salomón, un reputado fotógrafo que, además de dar nombre al prestigioso premio de fotografía, también fue el primero en autodenominarse fotoperiodista. Tras ello, estudió fotografía con József Pécsi, un fotógrafo húngaro especializado en publicidad, retrato y arquitectura.

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Escenas en un centro de acogida en Vélez Rubio, agosto 1937. Kati Horna.

En 1937 llega su oportunidad de llevar a la realidad todo lo que ha aprendido sobre arte cuando la República le encarga un álbum de propaganda. Con su cámara Rolleiflex, partió hacia España y, entre 1937 y 1938, se moverá por Madrid, Barcelona, Teruel, Alcázar de San Juan y Valencia, donde conoció al cartelista José Horna, quien más tarde se convertiría en su marido.

Esto le permitió tener una perspectiva más cercana al conflicto, relacionándose con medios vinculados al anarquismo y al comunismo. Así, publicó sus imágenes en  la revista Umbral, en la que trabajaron juntos, así como en Libre Studio, Mujeres Libres y Tierra y Libertad.

La particularidad de la fotografía de Horna es que son tomas de la retaguardia. A diferencia de Taro, dispuesta a reflejar la heroicidad de los milicianos y la crudeza del frente, Horna refleja sus consecuencias en la población, especialmente en las mujeres y los niños. Ambas estuvieron en el Monte Aragón en diferentes momentos, Taro en 1936 y Horna en 1937, pero la perspectiva es totalmente distinta. Mientras que la primera toma un punto de vista abierto, lo cual implica una posición desprotegida frente a la barricada, la segunda se sitúa tras ella, a cubierto. Después de esta experiencia, Horna no volverá a la primera línea de batalla.

Lo que sí hará será retratar a los soldados en momentos de descanso. Así podemos ver en las imágenes de milicianos en Banastás-Carrascal o de la División Ascaso a los soldados escribiendo una carta o afeitándose.  También acudirá a lugares donde acaba de terminar una batalla para mostrar sus consecuencias. Entre diciembre de 1937 y enero de 1938 realiza las fotografías para su serie Escenas tomadas en la Plaza del Torico, durante la Batalla de Teruel. Para entonces es la única de las cuatro fotógrafas que permanece en España. Capa y Centelles también inmortalizaron la Batalla de Teruel pero, de nuevo, desde la acción. En estas imágenes de Horna vemos a los soldados retirándose, las calles de la ciudad desiertas, los edificios derruidos, los carros de combate aparcados. Son escenas que más que enfocarse hacia el futuro y lo que está por conseguir, muestran el presente frío y melancólico. Y es que las fotografías de Horna desmontan el mito de la guerra como algo heroico y reflejan el trauma que crea, dejan de lado el discurso épico y toman el lírico.  

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Escenas en Monte Carrascal (División Ascaso), marzo 1937. Kati Horna. Fuente: irmielin.org

Sus imágenes, a primera vista menos espectaculares, son de lectura lenta. La vida cotidiana continúa a pesar del desastre, el cual aparece por omisión. Las bombas no aparecen, sino que vemos las ruinas y los refugios. Los muertos no aparecen, sino que vemos a los huérfanos y las viudas. Los heridos no aparecen, pero vemos los hospitales.  El drama es patente, pero no explícito.

En todo ello vemos el universo que retrata Horna. La temporalidad de sus fotografías no se basa en captar “el instante decisivo”. Más bien crea un tiempo dentro de cada imagen que debemos recorrer, igual que debemos recorrer los rostros de cada imagen. En sus retratos, tanto de personas conocidas como la anarquista Emma Goldman, como de personas anónimas, el paisaje y el rostro se combinan. Cada arruga de dolor, cada línea marcada por el sol durante el trabajo en el campo, marcan la orografía del terreno. Lo vemos en la mujer que aparece en la portada del nº15 de la revista Umbral, en la apesadumbrada Goldman y en la madre que da de mamar mientras mira con preocupación hacia el horizonte.

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Emma Goldman, septiembre 1937 Kati Horna. Fuente: irmielin.org

También realizará fotomontajes en los que el tema de la muerte será recurrente. Hay dos de ellos paradigmáticos, ambos sin título: el primero, fechado en 1937, muestra la superposición de imágenes de bebés, ruinas y un esqueleto; el segundo, realizado en colaboración con José Horna en 1938 muestra un hombre al que le falta una pierna alzando un bebé mientras la sombra de unos bombarderos asoma por la esquina superior derecha.

Finalmente, José y Kati Horna huirán a México tras una breve estancia en París, donde permanecerán hasta su muerte. Allí ella conocerá a Remedios Varo y a Leonora Carrington, con quienes crearía obras surrealistas que se difundirían en su revista S.nob. También vería allí a su amigo Capa por última vez, antes de que partiera a la guerra de Indochina, donde murió tras pisar una bomba en 1954.

El archivo de Horna llegó a España tras la muerte de Franco, a condición suya. Lo ofertó el 12 de mayo de 1983 y el catálogo sería publicado en 2002 por Blanca Desantes Fernández. Actualmente se conservan en Salamanca las 270 instantáneas que lo componen, aunque se presupone que debía de haber más. Sin duda, componen un archivo fundamental para comprender lo que supone la guerra más allá de la línea de batalla. 

Imagen superior: Kati Horna, en el estudio de József Pécsi en Budapest, atribuido a Robert Capa. Fuente: El País

Ana Muñoz Pico

Redactora de la Revista Kalós