Goya y Picasso. Picasso y Goya

picasso goya

El Museo Goya de nuestra ciudad acoge, hasta el 29 de octubre, al segundo de los cuatro artistas que reinterpretan la obra de Goya, y que ya comentamos hace un tiempo. De nuevo vemos dialogar a dos genios, primero fue Dalí con sus Caprichos, y ahora es Picasso con su particular Tauromaquia.

El pintor Antonio Saura dijo una vez que toda la obra de Pablo Picasso (1881-1973) es una “gigantesca tauromaquia”. Si le echamos un vistazo, nos daremos cuenta de que quizás no iba tan desencaminado, puesto que si hay una constante en todas las épocas y facetas del malagueño es, sin duda, el mundo del toreo y sus indisolubles elementos: el toro y el caballo, picadores y banderilleros. Por ejemplo, nos podemos detener en El pequeño picador (1892), una de sus obras más tempranas, en otras que han quedado para siempre en el imaginario popular, véase el Guernica (1937) o Sueño y Mentira del General Franco (1937), o la que en este caso nos ocupa, la Tauromaquia (1957).

Su afición al ruedo comenzó de muy pequeño y de mano de su padre, primero en Málaga y luego en La Coruña, mucho antes de que llegasen las corridas de toros de Arlés y Nîmes. Esta iconografía taurina constituye, por tanto, uno de los hilos conductores de la larga trayectoria del artista, y así lo vemos en sus pinturas, esculturas, cerámicas y grabados, obras en las que el toro se erige tal vez como símbolo de nuestro país, de su tierra, de la que tan lejos estuvo siempre, o con el que el mismo Picasso se identificaba.

picasso goyaCitando al toro a banderillas sentado en una silla. Aguatinta al azúcar

 

Llegados a este punto, debemos poner en relación esta pasión por el toreo con la admiración que sentía por todas y cada una de las facetas de Francisco de Goya, pero especialmente, en este caso, la del Goya grabador. El aragonés plasmó el mundo del toreo y los principales diestros del momento en su célebre serie La Tauromaquia, entre 1814 y 1816, treinta y tres planchas y sus respectivas estampas de una calidad técnica maravillosa.

Uno de los protagonistas de Goya fue Pepe Illo, torero y autor de La tauromaquia o arte de torear de Pepe Illo, publicada en 1796,  obra para la que Picasso realizará las veintisiete aguatintas en “La Californie”, su villa de Cannes, durante la primavera de 1957, y que hoy se exponen aquí. El malagueño ilustró así diferentes momentos de una corrida en la que el toro, los amenazantes banderilleros, el público y los trajes de luces parecen moverse, vibrar y centellear.

En la exposición se muestra, junto a las estampas de Picasso, todo el reportaje gráfico que hizo David Douglas Duncan durante la realización de las mismas en Cannes en 1957. De esta manera, podemos ver proceso, técnica y resultado de manera simultánea, y además, al artista en su salsa.

Así que, ¿quién se apunta?

Imagen superior: Suerte llamada de Don Tancredo. Aguatinta al azúcar con mordida a mano sobre cobre biselado

Julia Tramullas Buisán

Redactora de la Revista Kalós

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