Interstices: a cada tiempo su arte

Mechane Etopía Zaragoza arte digital

Con permiso de la ciudad de Viena, tomo prestada su frase más célebre para comenzar a hablaros del genial Etopía, Centro de Arte y Tecnología, y su última exposición, Interstices. Chevalvert, que nos ubica junto a ella entre «la imagen, el objeto y el tiempo».

Actualmente vivimos en plena era digital, y ha sido recientemente cuando se ha incorporado el elemento tecnológico al arte y al diseño como pieza fundamental de la relación entre obra y espectador. Nos encontramos ante un modo diferente de disfrutarla y, sobre todo, de comprenderla. Estoy hablando de arte inmersivo, explorador de lo experiencial. A los –ahora mal llamados–espectadores, esa experiencia nos vivifica, nos enriquece. ¿Y por qué? Porque ya no sólo asistimos, sino que participamos y formamos parte de la obra, instalación en este caso. De hecho, la miga está en que la pieza cobra vida en el momento en el que comenzamos a interactuar con ella. Y además, por si fuera poco, es una vida diferente y única en cada interacción. La mía, la tuya y la del señor de al lado.

Y si hablamos hoy de todo esto y en Zaragoza, sólo podemos estar haciéndolo de Chevalvert, estudio parisino de diseño visual que lleva trabajando desde 2007 con un enfoque abierto y cruzado gracias al carácter multidisciplinar de sus profesionales; entre ellos, Julia Puyo, artista zaragozana y organizadora y coordinadora de esta exposición. Cinco instalaciones, cuatro de ellas inéditas, basadas en la era digital, en la “programación como materia prima” y en nosotros mismos, creadas para sugerir, para hacernos oír, hablar y sentir (como si fuéramos una pieza más de sus diseños).

De las cinco expuestas, la única que ya se ha podido ver con anterioridad es Murmur, concretamente en La Nuit Blanche de París. Murmur establece una conexión entre lo físico y lo virtual, nosotros y el muro. A través de ella, nuestra voz se estrella contra la pared y se expande convertida en luz.

Murmur

Murmur (2013).

Los griegos inventaron allá por los siglos IV y V a. C. una grúa que elevaba a la divinidad que entraba en escena encarnada por el actor de turno. Esta grúa se denominó “machina”. De hecho, de ello proviene una expresión, Deus ex machina, Dios desde la máquina. Y de ella procede la segunda instalación, de nombre Mechane: un dispositivo de control gestual que nos permite dominar un trocito de paisaje proyectado en el muro. Extiende la mano, ábrela, ciérrala, súbela; despierta al Ed Harris que hay en ti y, como él, que podía hacer caer una cortina de lluvia sobre el desdichado Truman, observa de lo que eres capaz –pero sin seres vivos, por favor–.

Ink Under Paper une de nuevo lo físico y lo digital. Da cuerpo a la abstracta materia digital por medio de una hoja de papel superpuesta a una pantalla. Con nuestro contacto, una mancha de tinta comienza a emerger y expandirse por la superficie hasta que nos separamos.

En la actualidad, en la gran Era Digital que vivimos, todo está codificado. Las dos instalaciones que nos quedan, Mechanical Frames y Social Boids, nuestras conexiones, nuestras relaciones, nuestra interacción con el mundo, yo escribiendo sobre todas estas cosas, vosotros leyéndolas –espero–; todo es y forma parte de un rígido código. Y a través de él trabaja Chevalvert para sugerir, llevando el código más allá de lo meramente racional.

 

 

Imagen superior: Mechane (2017).

 

                                                                                  Julia Tramullas

                                                                               Redactora de la Revista Kalós