El mundo del mal en el cine

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La historia de la humanidad es una continua sucesión de acontecimientos que de forma ineludible conllevan la presencia del bien o del mal; la cuestión del bien nos dirige la mirada, irremediablemente, al concepto del mal, suponiendo éste último una inquietud social justificada si se tiene en cuenta que el encuentro con el mal es una experiencia humana universal e ¿inevitable?; guerras, asesinatos, terrorismo, corrupción… son muestras actuales y evidentes de ello. El mal y la humanidad van parejos en su andadura.

La experiencia del mal es un hecho, pero cada época, cada cultura, la juzga y la trata bajo una óptica determinada. Paralelamente al progreso del ser humano, de la sociedad y sus corrientes de razonamiento, la maldad ha ido modificando su campo de dominio dependiendo del contexto social, histórico y cultural del momento.

El ser humano no tiene naturaleza, lo que posee es historia, afirma José Ortega y Gasset. Pues bien, esta historia no puede ser ignorada porque cada cual está condicionado por el momento histórico en el que vive. Este momento histórico, en el que las elecciones marcan nuestro propio rumbo, va a determinar (de entre múltiples posibles existencias) la trayectoria por la que va a transcurrir nuestra vida, incluida la propia interpretación del mal y la inclinación al mismo.

Aquí se pretende reflexionar sobre esta realidad histórica que sobrevuela el séptimo arte desde sus orígenes hasta el momento presente: la maldad. Es evidente que ante esta permanente presencia, no puede sorprendernos que “el mal”, que ha sido objeto de reflexión y preocupación filosófica, teológica e histórica, sea considerado como una temática de recurso obligado y exitoso, incluso en ocasiones básicamente lucrativo, para presentarla en los medios de comunicación masivos, entre ellos y especialmente, el mundo del cine.

Al respecto, el pensador francés Georges Bataille considera que el arte es capaz de expresar toda la experiencia humana, especialmente la parte maldita de ésta, ese reflejo de la realidad que al ser ficticio, puede mostrarse socialmente sin obstáculo alguno. Por tanto, la creación artística supone, en cierto modo, un acto de rebeldía, un deseo de rescatar y mostrar la cara oculta y misteriosa de nuestra vida: el mal, lo instintivo del ser humano. En esta expresión de la experiencia, el séptimo arte desarrolla un papel fundamental.

Bajo el campo de la estética, podemos observar cómo el cine presenta y representa en numerosas ocasiones esta temática desde ópticas diferentes y bajo múltiples formas. El mal, en cualquiera de sus encarnaciones (Lucifer, Drácula…), goza de una atracción especial y ejerce una irresistible fascinación sobre la sociedad en general. Es evidente que, con frecuencia, nos identificamos con el ser maléfico de la ficción y con su modo de actuar porque cobran forma nuestros deseos más ocultos, esa parte perversa que negamos de nosotros mismos en la vida real; seducción que podría relacionarse con ese lado oscuro propio del ser humano, ese aspecto vetado de cada sujeto y que analiza perfectamente Élisabeth Roudinesco en Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos, esa faceta considerada como detestable y que permanece relegada a un olvido premeditado o tal vez inconsciente.

Claramente el mal es propio del individuo, constitutivo de la propia sociedad. La maldad supone ausencia de moral en una acción, transgrediendo deliberadamente los códigos de comportamiento oficialmente correctos. Ciertamente, la propia naturaleza genera el mal continuamente, pero ésta no puede considerarse responsable porque carece de categoría moral.

¿Qué entendemos por maldad? ¿Cómo se representa el mal en el cine? ¿Qué personajes cinematográficos se suelen relacionar habitualmente con esta temática? ¿El mal en el cine es reflejo de una realidad a la que pretendemos rehusar en la vida cotidiana? ¿Justificamos la maldad en el cine? ¿Se aborda cinematográficamente el mal en igualdad de género? ¿Es el cine un espectáculo de mero entretenimiento?… multitud de cuestiones que invitan a una reflexión personal.

La noción de maldad en el cine se aborda, en ocasiones, bajo la consideración de un mundo perverso donde el mal, ajeno al propio ser humano, lo atrapa desde fuera (exorcismos/posesiones); en este caso, la idea del mal se personifica en un antihéroe, en un ser ficticio. Sin embargo, el cine contemporáneo adopta otras perspectivas, asumiendo que el mal ya no necesita recurrir a seres fantásticos ni sobrehumanos para mostrarse como tal; la realidad es que la posibilidad del mal está en el propio interior del ser humano. El propio San Agustín, ya en el s V, concede al mal un exclusivo componente humano restringiéndolo como tal al terreno moral; señala al individuo como poseedor del libre albedrío y lo considera responsable directo del mal moral. Tal vez es el mal más aterrador y más creíble cinematográficamente hablando, un mal estrictamente humano y que actúa de forma implacable.

La situación de la sociedad actual transcurre paralela a experiencias ya vividas anteriormente; abusos, injusticias, guerras, genocidios, asesinatos, violaciones, terrorismo… siguen siendo protagonistas cotidianos que hacen complicado ignorar este problema. Por ello, el mal goza de un lugar prioritario en el cine, para mostrarnos una ficción representativa de nuestro entorno, reflejando una realidad oscura y cruel pero definitoria de todos nuestros errores. El cine siempre nos cuenta una historia que, fingida o real, es la nuestra.

El cine, como medio de comunicación de masas, ofrece y familiariza a la sociedad con el conocimiento de realidades frecuentemente lejanas a nuestra experiencia, acercando las múltiples expresiones de maldad existentes… Pero la gran pantalla, , modela e interpreta esta visión distorsionando, en múltiples ocasiones, la relación entre el bien y el mal y acudiendo en demasiadas ocasiones a ideas manidas, si bien, esta realidad no excluye el reconocimiento de grandes cineastas que han sabido profundizar y reflejar esta cuestión moral.

Ejemplificar el mal en el cine es tarea fácil, ¿qué película, por intranscendente y banal que parezca, y sea del género que sea, no posee algún rasgo maléfico, un momento en el que se transgrede esa línea que marca la propia sociedad como límite? Disponiendo de un gran fondo de películas ajustadas a la temática abordada y que asumen un serio compromiso ético evidenciando lo pernicioso de la violencia en la sociedad, citamos aquí algunas de ellas dirigidas por cineastas españoles, incluidos reconocidos aragoneses.

En El día de la bestia ( Álex de la Iglesia) el mal se manifiesta mediante la figura antiheroica del diablo; en Tesis (Alejandro Amenábar) el mal se exhibe endémico, consustancial, y enquistado en el sistema social. En Celda 211 (Daniel Monzón) se produce una equiparación del mundo heroico y el villano donde la maldad no es característica exclusiva de un campo concreto.

Entre los cineastas aragoneses, Luis Buñuel permite intuir en sus películas cierto escepticismo hacia el mundo político y pone en duda su eficacia. Transmite que bondad y maldad, ambición y esfuerzo, parten del interior del ser humano, de las inhibiciones guardadas en lo más recóndito de nuestro subconsciente; los valores y normas externas, en lugar de jugar un papel determinante, propician nuevas inhibiciones. Los aspectos fundamentales del mal se repiten constantemente a través de sus películas: la corrupción de la sociedad burguesa, la inviabilidad de un amor desinteresado, la lucha entre el bien y el mal, la injusticia social, las causas de la frustración humana…todo ello con un característico matiz de humor negro, propio de este cineasta. Títulos como La edad de oro, Viridiana, Tristana… dan buen ejemplo de todo ello.

Carlos Saura es otro importante cineasta aragonés cuya filmografía aborda aspectos sociales nefastos para la sociedad española del momento: Guerra Civil Española, dictadura, drogas, delincuencia juvenil, robos, violencia humana, relaciones de género… La caza, El séptimo día, Deprisa, deprisa, ¡Ay, Carmela!… son algunos títulos entre un largo repertorio.

Considerando las reflexiones anteriores, todo indica que el único límite posible para ese lado oscuro, emana de la sublimación de ciertos valores: tolerancia, educación y respeto a las leyes, a uno mismo y hacia los demás. Son valores que trasladados al séptimo arte, permiten suponer que la capacidad del cine, entendido como medio de reflexión sobre el ser humano y, en este caso concreto, sobre la naturaleza del bien o del mal, se convierte en un recurso imprescindible para la propia sociedad. Todo ello a pesar de su potencial manipulador que nos obliga a mantener una actitud crítica como espectadores.

 

Arturo Escar Otín

Colaborador de la Revista Kalós