Pensando en el final: Obsolescencia en el Centro de Historias

Centro de Historias Obsolescencia

3, 2, 1… Fin de esta crítica.

Así sería la reseña que haríamos de Obsolescencia, una de las exposiciones que podéis disfrutar en el Centro de Historias hasta el día 3 de diciembre, si intentáramos captar la esencia de la muestra en una frase, o si fuéramos una de esas revistas de arte contemporáneo para snobs y con cierto aire de pedantería.

Por suerte o por desgracia, no lo somos, así que vamos a hablaros más de esta exposición cuya comisaria ha sido Elisa Plana, y en la que se han reunido ocho jóvenes artistas para hablar sobre la obsolescencia.

Cada uno de los ocho artistas ha volcado su reflexión sobre este tema en distintos medios y formatos, de manera que quienes visitéis la exposición os encontraréis con medios más tradicionales como fotografía, escultura o pintura, pero también con piezas de videoarte e instalaciones.

Pero sin duda, lo más interesante de la muestra no es la diversidad de formas de expresión, sino la poca definición del tema. Esta apertura temática, hablar sobre la obsolescencia como concepto en general, ha dado pie a que cada artista enfoque esta idea con un estilo personal y peculiar.

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Instalación de Lalo Cruces, Obsolescencia 180.000.

Lalo Cruces es el único que se mantiene fiel a la idea original de la exposición, la reflexión sobre la obsolescencia programada. Con su instalación pretende criticar el sistema de consumo en el que vivimos basado en la caducidad programada de nuestros dispositivos móviles, electrodomésticos, etc.

Otros participantes de esta colectiva enfocan la idea de la obsolescencia aplicándola a otros aspectos de nuestra vida o sociedad. Lorena Cosba (sobre la que podéis saber más a través de la reciente entrevista que publicamos) trabaja de una manera excepcionalmente sensible la obsolescencia de la memoria. En sus obras nos recuerda nuestro futuro olvido, ya que (según un estudio) el recuerdo de una persona dura unos 100 años, y además plantea esta idea de la manera más redonda posible, con unas emulsiones fotosensibles que se estiman que duran 50 años.

Esta idea de la obsolescencia de la memoria es también sobre la que trabaja Alejandro Ramírez desde otro enfoque distinto, retratando el Alzheimer desde un punto de vista muy personal, a través de su propia experiencia con esta enfermedad que sufrieron tres mujeres de su familia.

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Vista parcial de Nigrománticas, bestiario de Dayra Madrona.

Por otro lado, Dayra Madrona, desde un punto de partida similar, trabaja sobre la obsolescencia de la propia vida; una idea que se puede ligar con las esculturas de Marín Guevara, que  nos hablan sobre la caducidad de nuestros cuerpos.

Otra de las reflexiones más interesantes que recoge esta muestra es la Rubén Blanco, quien nos enfrenta a la temporalidad de las relaciones a través de las redes sociales. Mientras que Nacho Blanco y Fernando Romero, desde dos puntos de vista distintos, plantean la obsolescencia de las modas y los estándares sociales.

No es el objetivo de esta crítica desgranar la obra de cada uno de los artistas presentes en la exposición, os invitamos a que las destripéis vosotros, visitándola. El objetivo (que esperamos que se haya cumplido) es mostrar cómo cada creador, ante un tema tan abstracto como es la obsolescencia, ha dado una solución distinta al otro.

Es esta diversidad de miradas y de opiniones lo que convierte a Obsolescencia en una de las exposiciones que merecen la pena visitar estos días. Una apuesta arriesgada pero enriquecedora, que da respuesta a algunos dilemas, pero despierta otros nuevos que nosotros, como espectadores, tenemos la necesidad de responder.

 

 

Imagen superior: Cartel de la exposición Obsolescencia del Centro de Historias.

Alejandro M. Sanz Guillén

Redactor de la Revista Kalós