Magnus Enckell y Henry Scott Tuke: dos pioneros en la representación del erotismo masculino

Juventud, 1897, Magnus Enckell. homoerotismo

Aprovechando la celebración del Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia este 17 de mayo, he querido recuperar uno de los temas que hasta hace poco sufrieron una meditada censura en la Historia del Arte occidental. Mucho se escribe hoy en día sobre queer art o cine gay. Sin embargo, los discursos de la historiografía han silenciado durante tiempo a los artistas que por primera vez se atrevieron a representar imágenes homoeróticas en sus pinturas.

En los últimos años se han inaugurado exposiciones dedicadas a estos aspectos en museos de renombre. Fue el caso de Las lágrimas de Eros, en 2009, que pudo verse entre el Museo Thyssen Bornemisza y la Fundación Caja Madrid. En ella, partiendo del libro homónimo de Georges Bataille, se recuperaron cuestiones transversales sobre el erotismo en la Historia del Arte, tratando temas especialmente vinculados al homoerotismo como la representación de San Sebastián.

En el año 2013 tuvo lugar en el Musée d’Orsay otra muestra dedicada de forma más específica al erotismo masculino, Masculine. The Nude Man in Art from 1800 to the Present Day. Este tipo de proyectos expositivos tienen la capacidad de modificar discursos tradicionales en la Historia del Arte, abriendo nuevas perspectivas de investigación sobre las imágenes del pasado.

Bien conocidos son los casos de representaciones homoeróticas en la Antigüedad, a través, por ejemplo, de los apolíneos bustos de Antinoo, el deificado amante del emperador Adriano. También las pulsiones sexuales presentes en los retratos de Caravaggio o las imágenes de San Sebastián de Guido Reni en el Barroco. Y, sin embargo, menos difundidos son los ejemplos de ese mismo erotismo en la pintura del siglo XIX, mucho más cercana a nosotros en el tiempo. Quizás la vida amorosa de Oscar Wilde o la enardecida pasión que vivieron Rimbaud y Verlaine hayan eclipsado a los pintores que con valentía dieron muestra de sus preferencias sexuales a través del pincel.

Lo que propongo a través de estas líneas, es la recuperación de dos figuras artísticas que tuvieron el valor de representar por primera vez en el arte occidental el erotismo masculino, sin la excusa de la iconografía religiosa o mitológica».

El primero de ellos fue el pintor finlandés Magnus Enckell (1870-1925). Curiosamente, era hijo de un vicario de la pequeña localidad de Hamina, en el este de Finlandia. Posiblemente el gélido clima escandinavo favoreciese la génesis de una estética diferente en muchos de los artistas nacidos en esta región.

Los países nórdicos fueron especialmente fecundos en pintores dedicados al simbolismo y a un luminismo frío (una adaptación del Impresionismo francés a la estética septentrional). Enckell, desde sus comienzos, quedó imbuido de ese simbolismo. Como muchos otros artistas procedentes de toda Europa, acudió a la capital francesa para completar su formación en 1891, y lo hizo en la célebre Académie Julian, donde tuvo como maestros a pintores del academicismo francés. Ellos ya habían sido grandes expertos en la captación de la anatomía masculina en el arte. En los cuadros de Bouguereau o de Cabanel ya podía entreverse un interés por la captación del erotismo masculino. El valor del joven artista finlandés es su deseo de llegar más lejos en la captación de esta belleza. A través de sus pinturas representó, sin miedo, los cuerpos de los jóvenes a los que deseaba sexualmente, y esta osadía es la que le diferencia del resto de artistas de su generación.

¿Debemos interpretar la homosexualidad de este artista como un elemento importante a la hora de estudiar su obra? Soy partidario de considerar solamente aquellos aspectos de la biografía de los artistas que tengan un impacto palpable sobre su producción, y en este caso es así.

Vivir su homosexualidad en la sociedad de comienzos del siglo XX, le generó tantos conflictos internos, tensiones entre su orientación sexual, su sentimiento religioso y lo socialmente aceptado, que todo ello necesariamente tuvo influjo en su pintura. Enckell desarrolló un simbolismo de raíz espiritual muy profunda. Los colores que utilizó en su arte fueron siempre tenues, quizás porque siempre se sintió más cercano a esa lánguida luz nórdica que al optimismo mediterráneo de movimientos coetáneos como el fauvismo.

Su espiritualidad le llevó a pintar en 1907 el retablo de la nueva catedral de Tampere en Finlandia. En el centro de la pintura dos hombres caminan de la mano.

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La Resurrección, 1907, retablo de la nueva catedral de Tampere.

Inspirado por la actuación de Vaslav Nijinsky en el ballet de Diaghilev L’Après-midi d’un faune, comenzó a representar a atractivos jóvenes a la manera de faunos. Curiosamente, Diaghilev fue uno de los primeros artistas homosexuales aceptados por la sociedad de comienzos del XX y apoyó a Enckell para participar en la sección finesa del Salón de París en 1908.

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Fauno despertándose, 1914, Magnus Enckell.

A pesar de que sus creaciones se adaptaban más bien poco al nacionalismo imperante en la pintura finesa de comienzos del siglo XX, Enckell gozó de gran éxito entre la crítica y el coleccionismo de su tiempo. Sus representaciones de imberbes muchachos nórdicos siguen resultando eróticas aun desde la mirada actual. Y sin embargo la historiografía artística silenció durante décadas esta posibilidad de lectura.

También procedente de una familia religiosa, de cuáqueros en este caso, fue el inglés Henry Scott Tuke (1858-1929). Pintor precoz, entre 1881 y 1883 estuvo estudiando en París junto a Jules Bastien-Lepage. Con él aprendió los preceptos del Impresionismo, cuya estética tuvo una influencia directa sobre su obra.

Su interés por el estudio de jóvenes desnudos comenzó en un viaje a Italia a comienzos de los años 80 del siglo XIX, pero no sería hasta 1885, de nuevo asentado en Inglaterra, cuando este tema se convirtió en central en su obra. Le interesó, fundamentalmente, la representación de muchachos en actitudes ociosas: bañándose, pescando, tomando el sol en la playa. Buscando la tranquilidad necesaria para llevar a cabo sus pinturas, se estableció en el puerto pesquero de Swanpool, donde se hizo amigo de los jóvenes pescadores que frecuentemente trabajaban como modelos posando para él. Consiguió mantener un difícil equilibrio entre esta arriesgada afición a la representación del erotismo masculino y su incursión en el Establishment artístico londinense, llegando a ser elegido Académico Real en 1914.

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Apuntes de muchachos en la playa, Henry Scott Tuke, c. s. XX.

Estilísticamente, al comienzo de su carrera artística incluyó a sus modelos en contextos mitológicos, los cuales constituían un precepto para la representación de esos cuerpos masculinos desnudos. Curiosamente, la crítica achacó a estas pinturas el ser demasiado clásicas. De ahí que desde los años 90 del siglo XIX abandonase la excusa de la mitología para intentar representar a sus modelos de manera mucho más naturalista. La viveza de los colores y la intensidad de la luz en sus cuadros se encuentran cerca de la personalidad mediterránea que tanto admiraba por sus viajes al sur de Europa.

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Henry Scott Tuke junto a uno de sus modelos en Newport, 1921-22, Tate Archive.

Tanto Enckell como Tuke fueron pioneros en la representación de este erotismo. No fueron los únicos, pero no son demasiados los que hoy en día les conocemos. La mirada de la Historia del Arte estuvo condicionada durante demasiado tiempo por los ojos de coleccionistas deseosos de desnudos femeninos, relegando a estos artistas dedicados al erotismo masculino al olvido y al silencio. Sin embargo, tuvieron el valor de encontrar otro camino en la creación artística que continuaría consolidándose durante el siglo XX en el cine y la fotografía, y que llega hasta la actualidad.

 

Imagen superior: Juventud, 1897, Magnus Enckell.

 

 

Guillermo Juberías Gracia

Redactor de la Revista Kalós