Quién disparó al artista

Era una tarde de principios de diciembre cuando empecé a trabajar en un restaurante de Puerto Venecia como camarero. Entre el bullicio de los clientes con sus compras navideñas, me adentré en el local, y me dirigí al primer compañero con el que me crucé:

-¡Buenas, soy el nuevo!

-Ey, ¿qué tal? Yo Juan, sígueme.

Y Juan me enseñó, en un margen corto de tiempo, el funcionamiento del restaurante, para así comenzar con el trabajo.

Ser camarero en un restaurante tan abarrotado y en unas fechas tan favorables para la hostelería puede convertirse en una pesadilla. Es una puta locura, una vorágine de estrés  que te impide concentrarte más allá de los clientes y sus demandas. Pero, entre comanda y comanda, hay pequeños instantes de paz y sosiego que te permiten conocer una parte fundamental de todo el engranaje que es el restaurante: tus compañeros.

Una estudiante de Historia del Arte que paga sus propios estudios, una joven que dejó su grado para trabajar, una madre soltera pluriempleada que no alcanza la treintena, un estudiante de grado medio, un padre de dos hijos, un latinoamericano que se lanzó a la aventura a España a probar suerte, … y Juan Alberto Albiac.

Ya digo. Son pocos esos pequeños instantes de tranquilidad en los que puedes compartir un comentario, un gesto o una mirada que exprese la complicidad y el compañerismo y de apoyo que está presente entre los trabajadores. Y, entre comentario y comentario, surge una conversación, una comprensión.

Ayer, en turno de cena, entre cafés y bocatas de jamón, acabé discutiendo con Juan sobre el arte moderno. Él, que me saca 20 años, sentenciaba que el arte había muerto. Intuí que sabía de qué hablaba, que tenía experiencia y que de alguna forma había tratado con el mundo del arte.

-ARCO me parece una vergüenza. En el 98 le grité a una artista “Hija de puta”, y me echaron.

-¿Y eso, por qué?

-Porque hizo unos bolsos con gatos muertos.

Yo, estudiante de arte, inocente, conocedor de poco mundo y, por ende, optimista, no podía creerle. Sabía que ese hombre hacía algo, se dedicaba a algo, era experto en algo, más allá que en ser camarero. Veía que él no era hostelero de corazón, pero que, por las circunstancias que nos atrae a todos a trabajar, la vida le había relegado a este destino.

-Por eso te digo que el arte ha muerto.

-¡Pero yo también soy artista! Y por el momento, yo no me considero malo.

-Y, según un periodista de El Mundo, yo soy el mejor retratista a boli Bic, y aquí estamos: los dos de camarero.

Ahí estaba. Esa ostia, esa bofetada de realidad, esa bala que entró por la frente y me voló la cabeza, esparciendo trozos de mi sien por la barra. Eso era. Ese señor que, como te apuntaba las comandas de tu cena en un cuadernillo, podía pintarte un retrato hiperrealista con el mismo boli Bic.

-Hace unos meses, me llamó el periodista que me entrevistó para El Mundo y me preguntó: “¿Qué, ya puedes vivir del arte?”. Y aquí estamos.

Algo escéptico, no podía creérmelo ¿Era un fanfarrón, estaba soltando un farol, me estaba tomando el pelo? Si tan bueno es, ¿por qué trabaja conmigo de camarero? Y, ¿qué soy yo? Vale que estoy estudiando y apenas he empezado en este mundillo, pero, ¿llegaré adonde quiero llegar, o, como Juan, me resignaré a sobrevivir entre trabajos precarios?

Así que, al salir del trabajo, poner un pie en mi casa y conectarme al WiFi, le busqué. Efectivamente, Juan Alberto Albiac, nacido en 1975 en Barcelona y afincado en Zaragoza, escultor, joyero y pintor hiperrealista a boli Bic. Ha expuesto sus obras en galerías de la ciudad. No obtiene beneficio económico de ello, pero es innegable su pasión, empeño y el dominio total de la técnica. Sus obras a Bic, hiperrealistas, las define como “esculturas en plano”, donde construye a partir del contorno de la figura.

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Juan Alberto Albiac dibujando.

¿Cómo un talento así debe pluriemplearse en hostelería para sobrevivir? ¿Qué y quién ha fallado? ¿Quién ha fallado en el sistema? ¿Él, por no promocionar adecuadamente sus obras en Instagram, por no colocar el hashtag adecuado en el momento justo del día, por no actualizar sus redes sociales? ¿La sociedad, por no apreciar su obra, por no comprarla, por no conocerle? ¿El universo, que ya le había sentenciado a tal destino?

¿Con qué cara se quedaría más de un cliente si supiera que, el mismo señor que le apunta los cafés, es un genial talento que no ha encontrado espacio para su obra?

Ojo, trabajar en hostelería no es ninguna vergüenza. Yo no estoy a un nivel artístico en el que, por confianza, pueda lanzarme a exponer y vender mis obras. Pero Juan está más allá. Se ha lanzado, expone y trabaja duro por mejorar sus creaciones, a la par que trabaja para sobrevivir.

¿En qué estamos fallando? ¿Por qué artistas mediocres pueden vivir del arte, y auténticos maestros deben apuntar cafés? ¿Es por la condición de clases en la que nacemos, la influencia de nuestros círculos de amistad? ¿Cuántos talentos, más allá del arte visual, están condenados a la precariedad porque no nacieron en la clase social adecuada? Y, ¿por qué no se hace nada para remediarlo?

¿Debemos de considerar el arte como una empresa más, una pieza del márketing y el emprendimiento sujeto a las especificaciones del mercado para vender? ¿Tenemos que renunciar al elemento visceral y pasional que, como artistas, nos produce el crear, para simplemente vender?

Me surgen tantas dudas. Por ahora, sólo puedo llegar a una conclusión. El arte no ha muerto, pero sí lo han hecho los artistas que, por su condición social, la sociedad les ha dado la espalda. La de artistas que ha habido a lo largo de la historia que murieron en la más extrema pobreza. Es una tradición que, al parecer, en pleno siglo XXI y con la crisis económica y social,  estamos recuperando.

Ya habrá tiempo en el que los libros de historia nos juzguen por nuestro catetismo, por nuestra falta de perspectiva y nuestra idiotez. Se cuestionarán porqué maltratamos al talento que teníamos y, sin embargo, admiramos figuras vacuas y sin sentido.

Hasta entonces, ahí habrá un Juan Alberto Albiac, ofreciéndoles postre o café con el mismo boli Bic en mano con el que podría pintar su próxima obra.

 

 

Imagen superior: Keith Richards, por Juan Alberto Albiac.

 

Joaquín Coloma

Colaborador de la Revista Kalós